LA VEJEZ DE MI MADRE

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ceferalu
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LA VEJEZ DE MI MADRE

Mensaje por ceferalu »

Me acabo de leer este escrito de Rafael Narbona (es larguísimo, aviso) y me ha gustado y conmovido, os lo copio tal cual, en el original hay fotos si las quereis ver:

http://rafaelnarbona.es/?p=5723



Nunca pensé que ingresaría a mi madre en una residencia de la tercera edad. Siempre deseé que permaneciera a mi lado hasta el último momento, pero la realidad raramente respeta nuestra voluntad y nuestros sentimientos. Desconocía lo que hace la demencia senil con la mente humana. Ignoraba que borra los recuerdos, deforma las emociones, altera la percepción del tiempo y el espacio, menoscaba el lenguaje y rompe poco a poco los lazos con el mundo exterior. Hace un año, mi madre comenzó a manifestar síntomas de depresión. Dejó de salir a la calle, se alejó de sus amistades, prescindió del aseo, perdió el interés por hablar con sus hijos, se acostumbró a pasar los días enteros en la cama, con la persiana bajada y adormilada. No sabíamos que ese cuadro suele ser la antesala de la demencia senil. Hasta entonces, mi madre era una mujer extrovertida y afectuosa, con tendencias depresivas, pero sin conductas patológicas. Sus ochenta y siete años no le impedían leer el periódico, escuchar la radio, mantener una actitud abierta y comprensiva hacia los cambios sociales, discutir apasionadamente sobre política o recordar los bombardeos sobre Madrid y Barcelona, cuando los aviones franquistas oscurecieron su niñez y pusieron en peligro su vida. Con el bachillerato finalizado y estudios de catalán, inglés y francés, apenas recordaba los idiomas que aprendió en su juventud, pero su lucidez se mantenía intacta y no había olvidado los crímenes de la dictadura. No sospechábamos que su mente enfermaba silenciosamente, preparándose para su ocaso y que su memoria privilegiada, verdadera caja de resonancia del pasado, se convertiría en un eco titubeante y difuso, incapaz de reproducir las vivencias más cercanas.



La primera señal de alarma llegó cuando interrumpió su rutina. Durante años, sus mañanas transcurrían entre el Parque del Oeste y una galería de alimentación de la calle Ferraz. Acompañada sucesivamente por Julieta, Ida, Tania y Violeta, los perros que rescatamos del abandono y alegraron nuestras vidas, se internaba en el Parque del Oeste o se acercaba hasta la Plaza de España. Ágil y menuda, avanzaba a buen paso, mientras sus compañeros de cuatro patas corrían por el césped, ahuyentaban a las palomas o esquivaban los setos. Le gustaban las mañanas soleadas de invierno, que invitan a serpentear entre álamos, acacias y cedros. En primavera, una fuerza misteriosa la empujaba hasta una cascada situada cerca de los colegios universitarios. Decía que el sonido del agua sobre la piedra parecía una melodía encantada, que hablaba de un paraíso con arroyos interminables y árboles milenarios. A veces, subía hasta la pequeña planicie que conserva los búnkeres de la guerra civil, torres de hierro y hormigón con las entradas cegadas, pero con las aspilleras abiertas. Aseguraba que aún era posible escuchar los estampidos de los fusiles y ametralladoras que frenaron a los legionarios y a los tabores de regulares en su frustrado asalto a Madrid durante el invierno de 1936. En otras ocasiones, se acercaba hasta el Templo de Debod y se detenía en su mirador, observando el funicular que cabeceaba mientras se adentraba en la Casa de Campo. De niño, yo adoraba los viajes en funicular, pues la sensación de estar suspendido en el aire por unos cables de acero, se parecía al vuelo de un pájaro que planea sobre ciudades, bosques y ríos. Durante mi niñez, hice ese recorrido decenas de veces. A los ocho años, creía que mis padres eran inmortales. No sospechaba que la muerte recogería su cosecha prematuramente, arrebatándome a mi padre antes de cumplir los nueve. Los viajes en funicular continuaron después de mi orfandad prematura, pero ya solo con mi madre, una mujer relativamente joven y con unos hermosos ojos azules. No podía evitar fantasear con su muerte y con la posibilidad de una orfandad completa, que convertiría mi vida en una ramita a punto de quebrarse por el peso de unos frutos envenenados. En esos momentos de angustia, a veces aparecía el humo del tren que corría en paralelo al desdichado río Manzanares, una lengua de agua gris y sin ningún vestigio de belleza. El humo del tren me tranquilizaba, sin saber por qué. Quizás porque insinuaba un viaje imaginario hacia un lugar ajeno a los estragos del tiempo, sin otra ley que la poesía y la contemplación. Si Dios existe, es un poeta que prolonga la existencia del mundo con versos interminables.


Cuando acababa su paseo matinal por el Parque del Oeste, mi madre se dirigía a una galería de alimentación. Sus compras podían durar horas, pues se detenía en cada puesto, hablando con los dependientes. Cada vez que un empleado era sustituido por otro, le advertían al recién llegado que mi madre no era una clienta, sino una madre que se preocupaba por todos y que se merecía todas las atenciones. En el mercado había una pequeña zapatería, que desarrollaba una actividad febril. Su único empleado trabajaba sin descanso, cambiando suelas, introduciendo clavos o reparando la piel. De pequeño, yo le observaba fascinado, sin logar captar su atención, pues se trataba de un hombre mayor, con cierto parecido a Geppetto, pero al que no le agradaban demasiado los niños. Mi fascinación se transformaba en espanto cuando me enfrentaba a los animales muertos de la carnicería. Por entonces, era habitual encontrarse con conejos sin despellejar y la mirada petrificada. Las primeras veces, con cinco o seis años, lloré al contemplar los cuerpos sin vida, pero el carnicero me consoló, explicándome que los conejos y otros animales expuestos eran de plástico. Durante un tiempo, lo creí, pero cuando averigüé que sólo era una mentira para aplacar mi pena, comencé a pensar que el mundo no podía ser la obra de un ser bueno y omnipotente, sino una pesadilla oscura y cruel. Años más tarde, la tela de Rembrandt que muestra a un buey desollado corroboró esa idea. La trastienda de la vida es un matadero, un lugar horripilante que escarnece cualquier visión idealizada del existir.



Por las tardes, mi madre leía el periódico, veía un poco la tele y, al anochecer, paseaba de nuevo. Durante las noches de verano, solía acercase al Paseo Moret y sentarse en un banco. El perro que caminaba a su lado también subía al banco y se arrimaba a ella, esperando una vez más sus caricias. Me duele terriblemente pensar que esa imagen ya no se repetirá. Mis padres siempre han mostrado una increíble ternura con los animales. Tal vez es uno de sus mejores legados. Durante nuestros veranos en el Mediterráneo, siempre nos seguía una pequeña manada de perros abandonados, pues les dábamos de comer y les prodigábamos caricias. En los años setenta, maltratar a los animales era algo habitual e irrelevante. Casi nadie cuestionaba los toros ni las fiestas de los pueblos, donde decapitar a una gallina o arrojar a una cabra desde un campanario producía un insano regocijo colectivo. No he olvidado a Perla, una perrita blanca con aspecto de labrador que alumbró a tres o cuatro cachorros. Se refugió con sus vástagos debajo de una palmera situada en una esquina rodeada por un seto. Todos los días les llevábamos comida y nos planteamos adoptar a la madre y buscar a una familia para los cachorros. Mi padre había muerto, no teníamos coche y yo era un niño de doce años. Volver a Madrid representaba un serio problema, pues casi ningún taxista admitía animales de compañía. Hicimos varias llamadas y, afortunadamente, encontramos a un buen hombre dispuesto a llevar a Perla. Ahora sólo nos quedaba recoger a la mamá y los cachorros, subirlos a nuestro piso y buscar familias de buen corazón para los más pequeños. Ilusionados, nos dirigimos a la palmera que les servía de hogar, con una correa y un cesto de mimbre. Nuestra desolación fue indescriptible al descubrir que habían desaparecido. El camarero de un restaurante cercano advirtió nuestro desconcierto y se acercó:
-¿Buscan a la perra y sus cachorros?
Asentimos con los ojos agrandados por la angustia.
-Siento decirles que anoche se los llevó un jardinero de la urbanización, con otros perros callejeros.
-Y, ¿dónde están ahora? –preguntó mi madre.
-Me temo que han corrido la misma suerte que el resto.
No necesitó explicarnos lo que había sucedido. Mi madre no pudo contener las lágrimas y yo sentí que la maldad del ser humano, lejos de ser algo ocasional, llegaba hasta el último rincón de la tierra.



Cuando hace unos meses mi madre interrumpió su rutina y se recluyó en su dormitorio, mi hermana y yo decidimos llevarla al médico de cabecera, que le recetó un antidepresivo y descartó cualquier patología física. Durante la consulta, mi madre respondió con desgana a las preguntas y se mostró poco comunicativa, incluso con nosotros. Tres o cuatro semanas más tarde, nada había cambiado. Probamos con el geriatra, con la esperanza de obtener mejores resultados, pero el especialista confirmó el diagnóstico y nos comentó que aún era necesario esperar quince o veinte días para valorar el efecto de las pastillas. Dado que nos hallábamos al principio del verano, pensé que la situación tal vez mejoraría en mi casa. Por primera vez, mi madre no viajaría al Mediterráneo y se pasaría los meses de julio y agosto en mitad de la estepa castellana. Los campos amarillos y sedientos reemplazarían al azul del Mediterráneo, con su oleaje tranquilo y sus playas de arena blanca. Desde la terraza de nuestro apartamento en la costa, el horizonte es una línea perfecta que sólo se altera para confundirse con los pequeños islotes de La Manga. De lejos, nada delata que esas crestas son el último vestigio del paisaje original, cuando en sus playas salvajes aún no se dibujaba la sombra de los rascacielos. Mi madre siempre ha buscado los espacios abiertos. El mar, con su espacio aparentemente ilimitado, casi un infinito que resplandece en los ojos humanos, insinuando que es posible rebasar cualquier barrera y adentrarse en una región sin límites, siempre ha despertado en ella un sentimiento de alegría que contrastaba con su tristeza al contemplar un bosque, con sus árboles cruzando las ramas en lo alto para arrojar sombras terroríficas y extender sobre la tierra una dolorosa penumbra. Cuando viajábamos en tren hacia el Mediterráneo, se alborozaba con la desnudez de los campos de Castilla y Levante. En mi casa, situada en mitad de un paisaje áspero y duro, se pasaba las horas en el balcón, observando los surcos, las liebres, las aves rapaces y las retamas. Sin embargo, este año no se asomó ni una vez. La depresión no se alivió en todo el verano, sino que mantuvo su rutina, como una rueda de molino que gira incansablemente. Una desafortunada caída empeoró aún más las cosas. No consigo olvidar el sonido de la cabeza, golpeándose contra los peldaños de la escalera. No perdió el conocimiento, pero se rompió la muñeca y necesitó puntos en el codo, la frente y la palma de una mano. Hospitalizada durante tres días, permaneció ese tiempo en una unidad de diagnóstico. Sólo nos dejaban visitarla durante media hora. Cada vez que entrábamos en la sala, se nos encogía el corazón, pues casi todas las camas estaban ocupadas por ancianos con múltiples patologías, que chillaban enloquecidos o dormitaban en estado vegetal. Mi madre estaba desorientada y confusa, pero al mismo tiempo experimentaba una verborrea imparable, que le ayudaba a rescatar vivencias de un pasado remoto. Esa euforia convivía con la incapacidad de comprender el presente con claridad. Piedad y yo nos asustamos, pues nunca la habíamos visto en ese estado. Cuando recibió el alta, su autonomía física y mental se había desvanecido. Aunque su verborrea se mantuvo un par de días y pudimos ver con ella Diarios de motocicleta, la película de Walter Salles sobre Ernesto Guevara de la Serna viajando por América Latina con Alberto Granados, algo se había roto en su interior. Necesitaba nuestra ayuda para ducharse o ir al baño y, por las noches, se despertaba cinco o seis veces, pidiendo algo de comer o farfullando incoherencias. Su lenguaje se empobreció dramáticamente y la realidad se convirtió para ella en algo caótico e incomprensible. Después de realizar el cuestionario de Pfeiffer, que valora el estado cognitivo, los resultados reflejaban un deterioro moderado y una posible demencia. Aunque compramos una cama con barrotes y la colocamos al lado de la nuestra, una noche se escapó por los pies y se cayó de bruces. Después de quince días durmiendo a rachas, el agotamiento nos había vencido y no escuchamos el golpe. Sin embargo, una luz de alerta parpadeaba en nuestros sueños y se encendió a los pocos minutos. Descubrimos a mi madre en el suelo, inconsciente y sobre un charco de sangre. Nos sobrecogimos, pero nos tranquilizó que recobrara el conocimiento al escuchar nuestra voz. Giramos su cuerpo con mucho cuidado y le colocamos una almohada debajo de la cabeza. La ambulancia acudió a los pocos minutos y mi madre pasó la noche en una sala de observación. A pesar de la sangre, no se había producido ninguna fractura. Le dieron el alta a las 24 horas, pero su confusión se había agravado y casi no podía sostenerse en pie. Después de dos o tres noches en blanco, con mi madre y yo bailando como boxeadores noqueados, que se apoyan mutuamente en el otro para no caer al suelo, advertí con dolor que la situación nos desbordaba y que el deterioro físico y mental se acentuaba a pasos agigantados.



Cerca de nuestra casa, hay un centro de la tercera edad, con tres plantas y amplios jardines. A la entrada, hay un paseo con una hilera de plátanos y unas pequeñas explanadas de césped con arbustos. Después de visitarlo y hablar con los responsables, pensamos que no era una mala opción. El sentimiento de culpabilidad era terrible, pero la impotencia era más intensa y nos recordaba que mi madre necesitaba atención las 24 horas para evitar nuevos accidentes. Además, nuestras propias limitaciones nos impedían alterar los patrones de sueño. Yo soy bipolar y, sin unas pautas fijas de descanso, mi mente comienza a experimentar cuadros de euforia y depresión. Hasta ahora, había admitido con resignación las limitaciones impuestas por la enfermedad, pero en esta ocasión me sentí profundamente frustrado. No sin muchas vacilaciones, trasladamos a mi madre a su nuevo alojamiento. En esos momentos, se encontraba en silla de ruedas, con la cara magullada, un brazo escayolado y con graves problemas de comprensión y expresión. Gracias a la fisioterapia y la terapia ocupacional, ha mejorado. En pocas semanas, volvió a caminar, sin necesidad de bastón o andador. Sin embargo, su mente sigue gravemente menoscabada. Todas las tardes, nos acercamos a visitarla. Una residencia de la tercera edad es un pequeño universo que refleja la diversidad de la especie humana. Salvo la tercera planta, reservada a los casos más graves, he recorrido el edificio varias veces. Las habitaciones son dobles, pero eso no significa siempre una intimidad compartida, pues a veces el Alzheimer despersonaliza de tal forma que no es posible la comunicación. Los que tienen la mente particularmente malherida parecen árboles chamuscados, que anhelan la soledad para ocultar su deterioro. Otros, en cambio, aprovechan cualquier oportunidad para charlar un rato. Es el caso de Víctor, un viejo marino mercante que se apoya en un bastón y que se emociona al hablar de la costa africana y los acantilados de Irlanda: “También he navegado por el Ártico y el Pacífico. He atracado en varios puertos rusos. No puedo quejarme. Era lo que deseaba desde niño. Eso sí, no sospechaba lo que harían la humedad y el frío con mis piernas. Me jubilaron anticipadamente. Pasé un año en silla de ruedas, pero no me dio la gana quedarme así. Luché como un náufrago atado a un salvavidas. Me costó mucho salir de esa situación, pero lo conseguí. El bastón es un gran compañero. Además, te da un aire distinguido”. Víctor apenas ha superado los sesenta, pero aparenta más edad. Delgado, con el pelo blanco y un bigote aristocrático, no parece un viejo lobo de mar, sino un pequeño propietario de la campiña inglesa, acostumbrado a pasear bajo la lluvia.
Al igual que en todos los grupos humanos, algunos de los residentes pasan desapercibidos, pero otros te llaman la atención de inmediato. Josefa es una octogenaria en silla de ruedas que escribe poemas y a la que le falta una pierna. Lleva cerca de una década en la residencia, pero ni siquiera la muerte de su marido, que ingresó voluntariamente con ella, ha conseguido abatir su espíritu. Nos contó una anécdota difícil de olvidar. Su padre murió en la postguerra y su madre hizo lo que pudo para sacar adelante a siete hijos en un pueblo miserable, donde no había escuela, médico, agua corriente ni electricidad. En los años cuarenta, España estaba llena de pueblos de estas características, con niños descalzados y hambrientos, que comenzaban a trabajar en el campo apenas podían ganarse un jornal. Josefa era una de esas niñas. Por eso, experimentó una enorme alegría cuando una mañana abrió la despensa y descubrió una hogaza de pan. Su madre sonrió:
-Nos la comeremos hoy. Será un día especial.
Josefa se marchó a cuidar unas ovejas y cuando regresaba, ilusionada por la perspectiva de comer un pan blanco y tierno, se cruzó con su tío, que llevaba la hogaza de pan debajo del brazo. Ni siquiera la saludó. Desvío la mirada y aceleró el paso, desapareciendo por una esquina. Josefa corrió con el corazón sobrecogido, incapaz de entender lo que sucedía. Su madre le confirmó sus temores. Su tío se había llevado la hogaza: “Le hacía más falta que a nosotros. Nunca le digas nada. Se marchó con lágrimas en los ojos. Estaba muy avergonzado, pero el hambre es así. Nos quita todo, hasta la dignidad”. Josefa se emociona al evocar su pasado, pero no es una mujer triste o melancólica. De hecho, habla con todo el mundo y su mente no ha perdido un ápice de lucidez. Juega al parchís, cose, lee novelas y muestra interés por los recién llegados, ayudándoles a adaptarse a su nuevo hogar. No es el caso de otros residentes, que escogen un relativo aislamiento, o se emparejan con otra persona, desentendiéndose del resto. Me resulta muy conmovedora la imagen de dos ancianas que pasean juntas. Una está en silla de ruedas y la otra necesita un bastón, pero han encontrado una fórmula para resolver sus limitaciones. La señora del bastón, una mujer elegante que cuida mucho su aspecto, empuja y la otra sonríe, tal vez fantaseando con la perdida libertad de movimientos. No sé cómo se llaman, pero cada vez que las veo por el pasillo recuerdo la importancia de la amistad, que nos permite huir de la soledad y experimentar la dicha de ser querido. Mi madre pasa la mayor parte del tiempo con Mercedes, una señora que necesita oxígeno y que nunca recibe visitas. Pasean agarradas del brazo y cuando se sientan en un sofá, se abrigan con la misma manta. No hablan demasiado. Mercedes perdió a un hijo y parece parapetada en el silencio. Eso no impide que las dos busquen el contacto corporal, estrechándose las manos o caminando del brazo.



Mi madre siempre nos recibe con una sonrisa, pero enseguida empieza a quejarse, manifestando que se siente sola y quiere estar con nosotros. Escuchar sus lamentos resulta muy doloroso. Nunca pensé que me enfrentaría a una situación así. Siempre había imaginado a mi madre en casa, disfrutando de su alcoba y su baño, acariciando a los perros y los gatos o pasando un buen rato con una película de cine clásico. La demencia ha frustrado mis planes y nos ha obligado a vivir una posibilidad que yo siempre había descartado, considerando que podría cuidarla hasta el final. Vaciar su casa –un piso de renta antigua en el barrio de Argüelles- ha constituido una experiencia terrible. Los armarios estaban llenos de recuerdos, que reflejan su forma de ser. Mi madre conservaba los primeros zapatos de sus hijos, sus cartillas escolares, nuestros dibujos infantiles e incluso algunas de mis prendas, como una diminuta gabardina y la americana azul de la primera comunión. También guardaba sus propios cuadernos escolares, con sus calificaciones, casi siempre brillantes, salvo en matemáticas y caligrafía. Los cuadernos incluyen ejercicios de redacción, cocina, historia sagrada y corte y confección, presuntamente las materias esenciales para una niña en la España de la postguerra, donde la Iglesia Católica y el Ejército imponían su mezquina visión sobre el papel de la mujer. Hay un cuaderno fechado en los años de la guerra civil. En la primera página, se lee: María Rosa Monteagudo. Grupo Escolar Narciso Oller. Nº 43. Barcelona, 10-2-1938. En la siguiente página, mi madre ha dibujado unas mariposas y una maceta con flores rojas, con una fecha ligeramente anterior: 18 de enero de 1938. Mi madre pasó los dos últimos años de la guerra en Barcelona y se enamoró de Cataluña. Le causó una fuerte impresión pasar de un colegio de monjas intolerante y represivo a una escuela con un espíritu abierto y orientada hacia el desarrollo integral de los alumnos. Las aulas eran mixtas, se repartía un vaso de leche a diario y predominaba un ambiente festivo y relajado. Nada parecido al colegio de monjas, donde se advertía a las niñas que no contemplaran su cuerpo desnudo en el espejo, pues aparecería la imagen del demonio.



El cuaderno incluye dibujos de colores: dos tenistas en mitad de un partido, un iglú, un tipi amerindio, un cubo, un reloj con números romanos, diferentes figuras geométricas, probetas y redomas, un castillo rodeado de árboles, una montaña, una cometa, la bandera republicana, un mapa de Cataluña, la senyera. Los dibujos se mezclan con lecciones de Matemáticas, Física, Ciencias de la Naturaleza, Historia Universal, Geografía y Literatura. Hay varias páginas dedicadas a la Historia de Cataluña y a la Segunda República. Mi madre aprendió catalán en el Grupo Escolar Narciso Oller, pero cuando en la postguerra regresó a Madrid, mis abuelos se alarmaban cada vez que soltaba una frase en un idioma prohibido. Era la época de los fusilamientos en el Cementerio del Este y de los actos de afirmación nacional en cada esquina, con falangistas, curas y militares intercambiando el saludo romano mientras se cruzaban por la Gran Vía. El cuaderno no se limita a enseñar contenidos. También promueve el amor a la naturaleza, los derechos de los trabajadores y las mujeres, el respeto a otros pueblos y la solidaridad con los pobres y los enfermos. Las últimas páginas son distintas. Ya no hay dibujos y la tinta desparece. Todo está escrito a lápiz, con un tono más sombrío. La caligrafía se descompone ligeramente y el trazo es menos firme, casi como si se deslizara penosamente por una superficie reacia a cualquier huella. Es la época de los bombardeos salvajes sobre Barcelona, que causaron al menos 4.000 víctimas y crearon serios problemas de abastecimiento. El cuaderno refleja la penuria y el miedo a la derrota. Al llegar al final aparece una hoja suelta. Se trata de una postal con el aguilucho franquista, flanqueado por la bandera rojigualda y la de Falange. La cabeza del ave rapaz está nimbada por un sol (imagino que representa el “nuevo amanecer” del himno falangista) y detrás aparece el lema del nuevo Estado: “Una, grande y libre”. Arriba, se lee el nombre de mi madre y al pie: “Cuaderno de Geografía e Historia. Madrid, 1940”. En esas fechas, mi familia había vuelto de Barcelona y mi abuelo Mariano había sido depurado, perdiendo su plaza en la Administración Pública, donde ejercía como economista. Creo que mi madre guardó la postal con el emblema franquista para evidenciar el contraste entre la barbarie y el clima de libertad de la Cataluña del 38. ¿Por qué conservó mi madre un cuaderno que incluía la bandera republicana y la catalana? Algunas personas fueron fusiladas por cosas menos comprometedoras, como estudiar esperanto o pertenecer a la iglesia evangélica. Sólo era una niña de 14 años, pero sus padres habrían tenido que inventar una excusa convincente para no acabar en una comisaria, soportando golpes, vejaciones y amenazas. A fin de cuentas, mi abuela Rosa había trabajado como voluntaria en el Socorro Rojo y eso era suficiente para considerarla hostil al nuevo régimen. Aún recuerdo que en los ochenta, cuando yo estudiaba filosofía en la Universidad Complutense, escarbé en las estanterías del despacho de mi padre y abrí una obra Shakespeare, descubriendo un pasquín del Partido Comunista de España, que pedía la afiliación para luchar contra los fascistas que se habían levantado en armas. Entonces pensé que conservar ese pasquín era una forma de resistencia y tal vez también lo fue no destruir del cuaderno del Grupo Escolar Narciso Oller. Mis padres odiaban la España de Franco, pero sólo se atrevieron a desafiarla con pequeños gestos clandestinos.



No he perdido la esperanza de que mi madre vuelva a casa. Algunos médicos opinan que su deterioro cognitivo está provocado por la depresión y no por la demencia. No quiero hacerme ilusiones ni pensar en el mañana. Sus ojos azules aún me reconocen y a veces creo que es posible zambullirse en ellos para nadar hacia un mundo mejor. No sé si existe la eternidad, pero me gustaría que se pareciera al tacto de sus manos, blandas, suaves y compasivas. Esas manos, que me cuidaron en mi niñez y que ahora buscan consuelo en mis manos, siguen hablándome y me piden que no olvide lo esencial: amar a los más débiles y vulnerables, sin negarles consuelo y cobijo. En el caso de mi madre, no es una declaración de intenciones, sino un compromiso real, una convicción que ha impregnado toda su existencia. Cuando Piedad enfermó al poco de empezar a salir conmigo, nunca me aconsejó que rompiera la relación, pese a que la esquizofrenia es una patología maldita, asociada injustamente a conductas violentas. Por el contrario, nos ayudó a convivir con los zarpazos de la locura y a no rendirnos. En los momentos más amargos, siempre encontró palabras de aliento y nunca escatimó medios para aliviar nuestro sufrimiento. A pesar de tener una pensión pequeña, se privó de casi todo para que pudiéramos salir adelante. En 1996, nos quedamos los dos en paro y sin ninguna clase de subsidio. Sin su generosidad, algunos meses no habríamos podido comer o pagar la calefacción. Ese desprendimiento también se extendía a nuestros perros y gatos. Cuando Dora, una mastina recogida de la calle, sufrió una dilatación de estómago y necesitó una operación de urgencias, asumió de inmediato los costes de la intervención quirúrgica. Mi madre procedía de una familia de la alta burguesía, pero nunca le concedió ninguna importancia al dinero o a las apariencias.

Algún día mi madre ya no estará a mi lado, pero nada podrá borrar el recuerdo de su ternura.

Os ánimo a estar con vuestras madres todo el tiempo posible, yo (que perdí mi padre cuando era un niño), así lo procuro hacer


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Alfrenci
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Re: LA VEJEZ DE MI MADRE

Mensaje por Alfrenci »

Bonito y sobre todo realista relato.

Es una situación en la que pienso de vez en cuando y eso que tengo a mis padres en buena salud y con la cabeza perfecta y llegar a esas situaciones a la que llegan muchos, es un cúmulo de sensaciones difíciles de asumir.

Mi mayor deseo es que se puedan valer por sí mismos lo más posible y sobre todo que conserven la lucidez, como les sucedió a todos mis abuelos.
Siembra un pensamiento y cosecharás una acción; siembra una acción y cosecharás un hábito; siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino.

Vssss. Máximas.
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josehonda
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Re: LA VEJEZ DE MI MADRE

Mensaje por josehonda »

Ufffff duro relato para los que hemos pasado por este trance tan recientemente, como es mi caso pero con mi padre, por el tema de la demencia senil, ver a un ser querido como día a día deja de ser lo que había sido es muy duro para él (aunque llega un momento que presumiblimente no se entera) y para toda la gente que le rodea, .......
Os ánimo a estar con vuestras madres todo el tiempo posible, yo (que perdí mi padre cuando era un niño), así lo procuro hacer
Yo siempre he intentado pasar el máximo de tiempo con mis padres, pero desde la falta de mi padre, cuido de mi madre aún más si cabe, y pienso hacerlo, porque para mi, como es para vosotros la vuestra, es la mejor madre del mundo :wub:
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Re: LA VEJEZ DE MI MADRE

Mensaje por wpolo »

Los que conocen a mi familia saben que convivimos a diario con la vejez y con principios de Alzheimer y la mejor medicina que se les puede dar es tener mucha paciencia con ellos, no confunden las cosas sino que esa es su realidad distorsionada por la enfermedad.
No sirve de nada impacientarnos porque quieran cortar la carne con el tenedor sino que hay que ponerles el cuchillo bien en la mano.
No sirve enseñarles una y mil veces cual es el botón de encender la tele sino pegarles un papelito con un agujero.
No sirve decirles que no cojan el teléfono sino directamente descolgarlo.
No hay que decirles que se cambien de ropa, ya que para ellos la ropa de ayer es nueva hoy, se les quita para lavarla y se les da otra y punto.
Buscar soluciones prácticas para el día a día pero siempre sin enfadarnos con ellos, no lo hacen ni por mala voluntad ni por desidia.
Mi madre, con casi 93 años, acaba de salir del Hospital, una Gastroenteritis a esas edades las deja hechas una m., pues bien, cuando voy a verla tengo que estar una hora paseando pasillo arriba, pasillo abajo dando charleta con la de cosas que tengo que hacer...
Paciencia, paciencia, más paciencia y cuando se nos agote la paciencia, pues paciencia.
un saludo, vsss.
Polvo, niebla, viento y sol. Donde hay agua, una huerta. Al Norte los Pirineos, ésta Tierra es Aragón.
Juramento a los Reyes de Aragón : Nos, que somos tanto como vos y todos juntos más que vos, os hacemos rey de Aragón, si juráis los fueros y si no, no.
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