
Go Nagai ideó a Mazinger Z en medio de un atasco: un poderoso robot que volara y le sacara de allí. Fue el germen de un personaje legendario que ha marcado a varias generaciones y cuyo creador afirma ahora, 40 años después, "que pertenece ya al mundo de los sueños de los niños y que no le cambiaría ni una coma". A pesar de estar convaleciente de una operación, Nagai ha cumplido su compromiso con los organizadores del Salón del Cómic de Barcelona, para estar presente en este certamen, donde el aniversario de Mazinger Z es, sin duda, uno de los acontecimientos de esta edición en la que la robótica tiene un papel sobresaliente.
La serie recibió algunas críticas por su violencia, considerada entonces poco apropiada para el público infantil, de hecho en aquella España de los 70 sólo se emitió un tercio de los 92 capítulos. Pero para Nagai, se trata únicamente de una lucha entre bestias mecánicas, entre el bien y el mal. "No son seres humanos los que se pelean, sino robots. Es una lucha que tiene sentido en el marco de la historia y lo más importante: los robots se pelean para hacer realidad el sueño de un niño. Mazinger no anima a luchar, sino que enseña a los chicos que cuando se hagan mayores tendrán que hacerlo, no con violencia, pero deberán combatir en el mundo de los mayores", afirma. No obstante, subraya que Mazinger no estaba diseñado como una simple arma. "Mazinger tiene una relación profunda con su piloto: Koji recibe el impacto de los golpes cuando los robots se enfrentan, pero a la vez Mazinger padece el dolor, es un robot muy humano, hasta el punto que cuando le golpean o le dañan sale líquido como si fuera sangre", explica
El éxito fue tan enorme que el propio patrocinador (encargado del merchandising que abarrotó el mercado de muñequitos, cromos, revistas...) fue quien curiosamente pidió a Nagai en 1974 que acabara con la serie y creara una secuela Great Mazinger, para poder sacar nuevos productos. "Yo hubiera continuado con el original más tiempo, pero el patrocinador tenía mucha fuerza", reconoce este autor que, a sus 68 años, sigue trabajando de forma "relajada" unas cinco o seis horas diarias de media.
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